La hepatitis autoinmune

La hepatitis autoinmune (HAI) cumple con los criterios contemporáneos generalmente aceptados de una enfermedad hepática autoinmune: la presencia de autoanticuerpos y células T autorreactivas, el género femenino, la asociación con otras enfermedades autoinmunes, la respuesta al tratamiento inmunosupresor y fuertes asociaciones con el complejo de histocompatibilidad HLA, ahora se reconoce como una enfermedad de considerable heterogeneidad que difiere de otras enfermedades hepáticas autoinmunes putativas y que ocasionalmente presenta características superpuestas de cirrosis biliar primaria o colangitis esclerosante primaria.

La hepatitis autoinmune es una enfermedad crónica del hígado que se produce cuando las células inmunitarias del hígado confunden las células sanas por invasores y las atacan, provocando una inflamación.

Se trata de una dolencia autoinmunitaria no contagiosa de la que se desconocen las causas con claridad. La suelen sufrir más las mujeres en el 70 % de los casos y suele desarrollarse en la adolescencia o en el comienzo de la edad adulta.

A veces se presenta en personas que ya sufren otras patologías inmunitarias, por lo que es posible que el desarrollo de esta enfermedad sea de origen genético. Puede darse a causa de un factor infeccioso que desencadena la inflamación hepática y que persiste, aunque pase la infección, como en el caso del virus de Hepatitis A o pueden afectar agentes ambientales tóxicos, cuando el sujeto está genéticamente predispuesto.

La enfermedad tiene un curso fluctuante, por lo que en ocasiones suele ser diagnosticada en personas que ni siquiera presentan síntomas. El diagnóstico se realiza con criterios de análisis clínicos, de laboratorio y con una biopsia hepática.

Los síntomas son casi indistinguibles de los sufridos en cualquier enfermedad hepática por lo que su descubrimiento puede demorarse. Los síntomas más comunes son: hinchazón abdominal, orina oscura, heces de color arcilla, dolor abdominal, fatiga, malestar general, inapetencia, náuseas y síntomas propios de cirrosis (ictericia, bilirrubina en la orina, líquido en la cavidad abdominal, estado de confusión mental y hemorragia variceal).

En ocasiones puede afectar a otros órganos con tiroiditis, anemia hemolítica autoinmune, púrpura trombocitopénica inmunológica, diabetes mellitus y síndrome autoinmune poliglandular.

En cuanto al tratamiento, al deberse de una enfermedad crónica, se busca mantenerla estable el mayor tiempo posible, centrándose en detener la inflamación y evitando que evolucione a la cirrosis.

Quien sigue el tratamiento puede llevar una vida relativamente normal. Entre dos y tres cuartas partes de los pacientes suelen presentan la enfermedad controlada, aunque la inmensa mayoría debe mantener la medicación en dosis bajas para evitar recaídas.

Según el cuadro médico del paciente puede ser necesario hacer un transplante, sobre todo cuando exista una insuficiencia hepática progresiva, así como hemorragias digestivas, encefalopatías hepáticas, fatiga crónica progresiva, desnutrición progresiva o cáncer de hígado.

En vista de las diversas presentaciones y cursos, se indica un manejo individualizado de los pacientes. Cada paciente debe recibir un análisis personalizado de los beneficios y efectos secundarios de los medicamentos.

 

Referencia
Wang, Q., Yang, F., Miao, Q., Krawitt, E. L., Gershwin, M. E., & Ma, X. (2016). The clinical phenotypes of autoimmune hepatitis: a comprehensive review. Journal of autoimmunity, 66, 98-107.